La devoción a los dolores de María bebe del modo en que el Evangelio presenta su participación en el misterio pascual. El Concilio Vaticano II enseña que María «avanzó en su peregrinación de fe» y permaneció junto a la Cruz, donde gravitaba en ella el dolor, unida a la oblación del Hijo con un «corazón maternal», hasta recibir al discípulo como hijo.2
Juan Pablo II describe ese «Evangelio del sufrimiento» señalando que junto a Cristo está, en primer lugar, su Madre, cuya vida testimonia el sentido cristiano del dolor. La Virgen participa de modo singular en la misión de su Hijo; el dolor que sufre junto a la Cruz se convierte en algo misteriosamente fecundo para la redención.4
En esta línea, la tradición eclesial interpreta la compasión mariana como una participación real en la historia de la salvación: no sustituye a la mediación de Cristo, sino que la refleja y la acompaña en el misterio de la Iglesia, moviendo a los fieles a la esperanza y a la conversión.3,2
