La historia religiosa de Le Puy arranca en relatos tradicionales que sitúan un primer encuentro con la Virgen alrededor del año 50. En esa narración, la Madre de Dios consuela a una viuda enferma, y el hecho inaugura una corriente de veneración local que, con el paso del tiempo, se abre a toda la cristiandad.2
Los relatos de peregrinación destacan el papel de Adhemar de Monteil, obispo de Le Puy, como figura decisiva en la proyección de esta devoción. Cuando se inicia la empresa de las Cruzadas, Adhemar toma la cruz y viaja a Tierra Santa como legado de la Santa Sede, convirtiéndose en un puente entre el santuario y el ardor espiritual del Occidente cristiano.2
La memoria eclesial de Le Puy también guarda elementos litúrgicos y espirituales característicos. El culto a la Virgen en el lugar se expresa con intensidad, hasta el punto de que una fuente eclesiástica formula la idea de que en Le Puy la Virgen recibe un homenaje «más especial» y «más filial».1

