La paciencia es una virtud que se define como la capacidad de tolerar las adversidades con una mente tranquila y constante, sin ceder al mal o abandonar el camino del bien en busca de algo mejor1. Su raíz etimológica, compartida con la palabra «pasión», subraya su conexión con el sufrimiento soportado2. Esta virtud no implica una resistencia estoica al dolor, sino que surge de un amor más profundo2. San Agustín explica que la verdadera paciencia en las personas buenas proviene del amor a Dios, que les permite soportar todas las cosas, a diferencia de la paciencia de los impíos, que se basa en la codicia de bienes temporales y la vanidad de la propia voluntad3.
La paciencia es una manifestación de la fortaleza, una de las virtudes cardinales. Santo Tomás de Aquino, según Josef Pieper, enfatiza que la esencia de la fortaleza se expresa más en la resistencia y la paciencia que en el ataque. La paciencia, en este sentido, es la serenidad de la mente que excluye la tristeza y la confusión del corazón, necesarias para alcanzar el bien arduo4.
