La Iglesia entiende la imagen sagrada como un medio de contemplación y de memoria viva de la persona representada, no como un simple objeto decorativo. El II Concilio de Nicea enseña que las imágenes deben exponerse en la Iglesia y recibir salutación y reverencia honorífica, porque el honor dado a la imagen se dirige a su prototipo, y la práctica fortalece la transmisión de la fe.,
Veneración, no adoración
El Concilio precisa la distinción fundamental: la reverencia hacia las imágenes no equivale al culto verdadero reservado a la naturaleza divina (latreía). Por eso, la veneración incluye formas de respeto coherentes con la fe católica (por ejemplo, gestos de honor y signos externos), mientras mantiene intacta la adoración debida solo a Dios.
San Juan Damasceno lo expresa con claridad: quien honra la imagen honra a la persona representada, y la tradición católica vincula la reverencia a los «modelos» salvadores en la historia de la salvación.,
Marianos «leídos» a la luz de la fe
La teología oriental y católica subraya que la iconografía mariana participa de la lógica de la liturgia (lex orandi → lex credendi): los títulos marianos y su representación visual actúan como recordatorio teológico del misterio de la Encarnación y del lugar de María en la economía de la salvación.,
En los modelos iconográficos tradicionales, María suele aparecer como Theotokos, presentando al Hijo y señalándolo como camino; entre esos modelos destaca la Odegétria («la que muestra el camino»), donde María indica a Cristo con la mano.