El pontificado de Gregorio IV estuvo dominado en gran parte por las disputas internas de la familia imperial franca, que finalmente llevaron al colapso del Imperio Carolingio,.
Intervención en las Disputas de Luis el Piadoso
El emperador Luis el Piadoso había dividido el imperio entre sus tres hijos de su primera esposa -Lotario I, Pipino y Luis el Germánico- en el año 817. Sin embargo, tras la muerte de su primera esposa y su matrimonio con la ambiciosa Judith, Luis comenzó a favorecer los intereses de su hijo menor, Carlos el Calvo. Esto provocó que los hermanos mayores se levantaran en armas contra su padre en el año 830, lo encarcelaran y lo obligaran a confirmar la Constitución del 817.
Gregorio IV intentó mediar en estos conflictos para promover la paz familiar,. En un momento, Lotario I, quien gobernaba Italia, persuadió a Gregorio para que lo acompañara a través de los Alpes. La presencia del Papa en el campamento de los rebeldes dio la impresión de que los apoyaba, lo que generó desconfianza entre los obispos leales al emperador y el propio Luis el Piadoso. A pesar de los intentos de Gregorio de repeler las acusaciones, sus esfuerzos por la paz no tuvieron éxito ni gloria, posiblemente debido a una falta de perspicacia política o de firmeza de carácter.
Finalmente, Luis el Piadoso fue traicionado por sus soldados y cayó nuevamente en manos de sus hijos en 833. Lotario tomó el imperio y degradó a su padre, permitiendo a Gregorio regresar a Roma. Aunque Luis fue restaurado al poder un año después, su clemencia hacia Lotario, al permitirle retener el Reino de Italia, resultó en más agresiones contra el Papa y otra rebelión de uno de sus hijos. La muerte de Luis el Piadoso en 840 dejó a Lotario con el título imperial, quien entonces buscó aplastar a sus hermanos por la fuerza.
El Campo de la Mentira
Un episodio notable fue el «Campo de la Mentira» (Lügenfeld) en 833, donde Gregorio IV intentó reconciliar a Luis el Piadoso con sus hijos rebeldes. La intervención del Papa, sin embargo, fue percibida como un apoyo a los hijos, lo que erosionó la confianza en su imparcialidad.