La parábola comienza con la frase: «El reino de los cielos es semejante a un propietario que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña»1. El dueño de la viña (que representa a Dios Padre2,7), contrata obreros en diferentes momentos del día:
- A primera hora (amanecer), acordando pagarles el denario, que era el salario diario habitual1,2.
- A la hora tercera (alrededor de las nueve de la mañana)1,8.
- A la hora sexta y novena (mediodía y tres de la tarde)1,8.
- A la hora undécima (alrededor de las cinco de la tarde), cuando el día de trabajo estaba a punto de terminar (que era a las seis)1,2.
A todos los llamados después de la primera hora, el dueño les promete darles «lo que sea justo»1. Al caer la tarde, el dueño ordena a su administrador que pague a los obreros, comenzando por los últimos y terminando con los primeros1. Para asombro de los primeros, todos reciben la misma paga: un denario1.
Los obreros contratados a primera hora se sintieron decepcionados y murmuraron contra el dueño, argumentando que los últimos habían trabajado solo una hora, mientras ellos habían soportado «la carga del día y el calor ardiente»1. El dueño responde al quejoso recordándole el acuerdo original («Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿no has convenido conmigo en un denario?») y defendiendo su derecho a ser generoso: «¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes envidia porque yo soy bueno [generoso]?»1,3. La parábola concluye con la sentencia: «Así, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos»1.


