La paz no nace del simple equilibrio de fuerzas ni de la imposición política. El Concilio Vaticano II afirma que la paz no consiste únicamente en la ausencia de guerra, ni en el mantenimiento de un balance entre enemigos, ni se logra mediante la dictadura; la paz responde a una exigencia más profunda: un proyecto de justicia que el ser humano debe realizar con perseverancia.2
El Catecismo resume esa visión con fórmulas clásicas: la paz exige salvaguardar los bienes de las personas, promover la comunicación libre, respetar la dignidad de las personas y los pueblos, y practicar con asiduidad la fraternidad. Además, la tradición patrística define la paz como «la tranquilidad del orden» (san Agustín).1



