El deber moral de la verdad
La Iglesia vincula el mandamiento contra la falsedad con la vida moral y con el respeto a la dignidad del otro. El Catecismo enseña que el octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con los demás y explica que las ofensas contra la verdad expresan una negativa a comprometerse con la rectitud moral.
La virtud de la veracidad protege contra la duplicidad, la disimulación y la hipocresía, y ayuda a mantener la confianza mutua que permite la vida común.
Además, la Escritura manda hablar la verdad al prójimo: «poniendo a un lado la falsedad, que cada uno hable la verdad a su prójimo».
Verdad que libera
Jesucristo une la verdad con la libertad: «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». En el plano sanitario, esta enseñanza tiene consecuencias morales directas: el paciente necesita saber lo suficiente para decidir conforme a su conciencia, no para aceptar una ficción que suplanta su juicio.
Información médica y moral para formar la conciencia
Las Directrices Éticas y Religiosas para los Servicios de Salud Católica subrayan que cada persona (o su representante) debe tener acceso a información médica y moral y a consejería para poder formar su conciencia. La decisión libre e informada debe respetarse, siempre que no contradiga los principios católicos.
Este principio ilumina la valoración moral del placebo: la práctica sanitaria debe evitar que la persona decida bajo una apariencia engañosa o con una información insuficiente sobre lo que realmente recibe.
Relaciones terapéuticas basadas en confianza veraz
La confianza clínica no puede construirse mediante la mentira práctica. Un «tratamiento» presentado de modo que induzca al paciente a creer que recibe algo diferente de lo que recibe afecta a la justicia debida al otro, porque compromete la rectitud moral del modo de actuar y la libertad real de la conciencia. La enseñanza del Catecismo sitúa la falsedad como un atentado contra el fundamento de la vida moral compartida.