A finales del siglo XI, los cristianos del Oriente sufrieron el avance de los turcos sobre territorios que antes pertenecían a la cristiandad. El pensamiento de la cruzada nace de la «compasión» y del «amor de Dios» ante esa lesión infligida a la fe cristiana, y el papa tomó el problema como un deber religioso de la cristiandad occidental.1
En ese mismo contexto, el Imperio bizantino buscó apoyos en Occidente: los emperadores de Constantinopla pidieron ayuda a los papas, aunque la orientación política de Roma buscó ante todo la cohesión religiosa de la cristiandad bajo el liderazgo pontificio.1
La clave de la Primera cruzada no residió en que un emperador «ordenara» la empresa, sino en que Urbano II tomó planes anteriores y les dio forma concreta, movilizando a los cristianos de Occidente mediante predicación y llamamiento a un voto.1

