Cristo revela plenamente al hombre
La encíclica describe la redención como una luz decisiva para comprender quién es la persona. Juan Pablo II explica un punto antropológico básico: la humanidad no llega a sí misma si no descubre el amor. Por eso, Cristo revela plenamente al hombre:
“El hombre no puede vivir sin amor... Cristo el Redentor ‘revela plenamente al hombre’.»
La redención renueva la interioridad humana: la persona «encuentra de nuevo» su grandeza, dignidad y valor; además, el misterio de Cristo hace que el hombre renazca espiritualmente, como una «creación nueva».
El «misterio del Verbo encarnado» da luz al misterio del hombre
La encíclica conecta explícitamente con la enseñanza conciliar: el Vaticano II enseña que el misterio del Verbo encarnado ilumina el misterio del hombre. En las palabras recogidas por Juan Pablo II:
“Solo en el misterio del Verbo encarnado el misterio del hombre recibe luz.»
En Cristo, el hombre contempla su vocación más alta y recupera la semejanza con Dios que el pecado desfiguró. Juan Pablo II afirma que, por la encarnación, Dios asume la naturaleza humana sin anularla: el Redentor trabaja con manos humanas, piensa con mente humana y ama con corazón humano.
Redención como «nueva creación»
Juan Pablo II interpreta la redención también como una restauración: en Cristo el mundo recupera el vínculo originario con la Sabiduría y el Amor de Dios. Esta restauración responde a la experiencia histórica del sufrimiento, del desgaste y de la amenaza sobre la vida (contaminación, guerras y desprecio de la vida no nacida).
Esa tensión entre progreso y crisis aparece con fuerza: el mundo «moderno» puede generar dominio técnico, pero también puede producir una forma de degradación moral si la vida humana no se orienta hacia lo que verdaderamente la hace «más humana».