Un encargo humilde, una santidad visible
Tras el periodo inicial de prueba -con variaciones en la tradición sobre el lugar donde comenzó-, Alfonso fue destinado al colegio jesuita de Mallorca, recién fundado. Allí ejerció el oficio de portero durante cuarenta y seis años, permaneciendo fiel a tareas humildes que articulaban la vida del centro.
Su reputación no creció por prestigio social, sino por coherencia interior: oración intensa en medio del trabajo, paciencia con las personas que acudían, y una obediencia constante. La vida del portero se convirtió en un punto de encuentro espiritual tanto para miembros de la comunidad como para muchos visitantes que buscaban consejo y dirección.,
Humildad, obediencia y constancia
Las biografías describen en él una obediencia absoluta y una intensa concentración en las cosas espirituales incluso cuando las ocupaciones diarias dispersaban la atención. A ese clima interior se unieron humildad y constancia en el sacrificio.,
El testimonio también menciona penitencias corporales exigentes y la presencia frecuente de escrúpulos y agitación mental, rasgos que no destruyeron su fidelidad al deber, sino que la tornaron más abnegada.,
En los años posteriores, su vida espiritual conoció períodos de desolación y aridez; aun así, cumplió con exactitud las obligaciones cotidianas y renovó su consagración en su itinerario de fe.
Relación con san Pedro Claver
Entre los discípulos y acompañados por Alfonso en el colegio de Mallorca destacó san Pedro Claver. Este conoció el modo de vida del portero jesuita, buscó su guía y recibió aliento para pedir las misiones; su trayectoria misionera, destinada a llevar el Evangelio a América, surgió también de esa dirección espiritual.,