Infancia y juventud
Julie Billiart nació el 12 de julio de 1751 en Cuvilly, un pequeño pueblo de Picardía en el norte de Francia, perteneciente a la diócesis de Beauvais. Era la sexta de siete hijos de una familia de campesinos acomodados que regentaban una modesta tienda. Desde muy temprana edad, mostró una inclinación notable hacia la vida espiritual. Aprendió a leer y escribir con su tío, el maestro de la aldea, pero su mayor interés radicaba en las enseñanzas religiosas. A los siete años, ya memorizaba el catecismo y lo explicaba a otros niños, ganándose el apodo de «la santa de Cuvilly» por su piedad y generosidad.1
El párroco local, impresionado por su madurez espiritual, le permitió hacer su primera comunión a los nueve años, un privilegio inusual en esa época. Poco después, a los catorce, pronunció un voto privado de castidad. A pesar de las dificultades económicas que azotaron a su familia cuando Julie tenía dieciséis años -debido a pérdidas en los cultivos-, ella contribuyó al sustento familiar trabajando en el campo y atendiendo la tienda. Sin embargo, nunca descuidó su devoción: visitaba a los enfermos, instruía a los ignorantes y dedicaba tiempo a la oración, equilibrando así sus deberes mundanos con su vocación interior.2
Enfermedad y vida espiritual
A los veintidós años, la vida de Julie cambió drásticamente. Un incidente traumático -un disparo accidental dirigido a su padre, que la dejó en estado de shock- provocó una parálisis progresiva en sus extremidades inferiores. Durante los siguientes veintidós años, permaneció postrada en cama, sufriendo dolores intensos y perdiendo temporalmente el habla en algunos periodos. Esta invalidez, lejos de debilitar su espíritu, la acercó más a Dios. Convertida en una guía espiritual para su comunidad, continuaba recibiendo la comunión diaria y pasaba horas en contemplación, orando cuatro o cinco horas al día.2
Desde su lecho de enferma, Julie catequizaba a los niños del pueblo, preparándolos especialmente para su primera comunión, y ofrecía consejos sabios a quienes la visitaban. Su habitación se convirtió en un centro de piedad, donde instaba a la frecuente comunión y compartía su confianza en la bondad divina. Una de sus frases más recordadas, que reflejaba su alma ingenua y profunda, era ¡Qu’il est bon le bon Dieu! («¡Qué bueno es el buen Dios!»), una expresión que repetía en labios y en sus escritos, simbolizando su fe sencilla y gozosa.1 Esta etapa de sufrimiento forjó en ella una caridad ardiente, nacida de una fe viva, y un anhelo por el apostolado, a pesar de su inmovilidad.
Durante la Revolución Francese
La Revolución Francese, que estalló en 1789, trajo persecuciones feroces contra la Iglesia católica. En Cuvilly, Julie se opuso activamente a la imposición de un sacerdote «constitucional» -aquellos que juraban lealtad a la constitución civil del clero, rompiendo con Roma-. Su influencia fue clave para que los fieles boicotearan al intruso y escondieran a sacerdotes refractarios, perseguidos por las autoridades jacobinas. Por estas acciones, se convirtió en objetivo de las autoridades revolucionarias, que la amenazaron incluso con quemarla viva.1
Obligada a huir, Julie fue escondida en un carro de heno y trasladada a Compiègne, donde sufrió más penurias, incluyendo la pérdida temporal del habla debido al agravamiento de su enfermedad. Tras el fin del Reinado del Terror en 1794, un amigo la rescató y la llevó a Amiens, a la casa del vizconde Blin de Bourdon. Allí, recuperó gradualmente la voz y conoció a Françoise Blin de Bourdon, vizcondesa de Gézaincourt, una mujer culta y devota de treinta y ocho años que se convertiría en su inseparable colaboradora. Juntas, formaron un pequeño grupo de mujeres dedicadas a obras de caridad, rezando el santo sacrificio diariamente y reanudando clases de catecismo en Bettencourt, donde reconvirtieron a casi todos los aldeanos.2

