Naturaleza de la fe
Santo Tomás distingue la fe como virtud teologal: es buena en el sentido propio de la virtud, porque procede de una voluntad movida al bien por su objeto, aunque en su modo presente todavía no posea la «visión» plena de la verdad.
Por eso la fe:
- no encaja como virtud intelectual en el sentido ordinario, porque el contenido creído no es «vista» poseída;
- tampoco es simplemente una virtud moral en su materia, ya que no se ordena primariamente a los apetitos sensibles como su objeto propio;
- se define como virtud teologal, caracterizada por su referencia inmediata a Dios y por su modo sobrenatural.
Acto de fe: «obediencia» de la inteligencia y la voluntad
El Catecismo describe la fe como una respuesta al Dios que revela: obedece «libremente» a la Palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, que es la Verdad.
En este sentido, el Catecismo habla de la obediencia de la fe: una entrega del ser humano a Dios revelador.
La fe como adhesión personal y asentimiento a toda la verdad revelada
La fe no es solo un asentimiento abstracto: es adhesión personal a Dios y, a la vez, un consentimiento libre a toda la verdad que Él ha revelado.
Asimismo, para el creyente cristiano, creer en Dios se vincula inseparablemente al Hijo enviado; por eso la fe cristiana incluye también el asentimiento a Jesucristo, que es quien revela al Padre.
Fe como don sobrenatural
La fe es un don: el Catecismo enseña que antes de poder ejercerse, el ser humano necesita la gracia de Dios que mueva y asista interiormente, convirtiendo el corazón y «abriendo los ojos de la mente».
Certeza y «búsqueda de comprensión»
El Catecismo distingue dos cosas:
- la fe es cierta, porque se apoya en la Palabra de Dios que no puede engañar ni ser engañada;
- y la fe busca comprender: es propio del creyente desear conocer mejor a Aquel en quien confía, y este conocimiento más profundo alimenta una fe mayor, encendida por el amor.
Unidad de la fe
En la reflexión de Santo Tomás, el objeto de la fe es la primera verdad, simple y no cambiante. Por eso, la fe posee una unidad esencial: el habitus de fe en el creyente no se divide en múltiples hábitos distintos.